Chronostasis

Chronostasis by Crita

I was sort of hoping that you’d stay

AM – Do I wanna Know?

Miró hacia su mano vacía y pensó en lo fácil que uno perdía las cosas.

Mario pierde los lentes.

Ana las pestañas.

Juanito la falsa dignidad.

Si alguien le hubiera preguntado por qué su cara de espanto y asombro, hubiera respondido que obviamente, dadas las circunstancias de olvido y rabia y un poco de pena, imposible no sentirse un poco abrumado por nada y por todo a la vez.

Merde, alors.

Mario pierde los lentes, otra vez.

Si seguía así, pensó, no quedaría nada y entonces la culpa entraría en juego y todos sabemos que cuando eso pasa ya no hay vuelta atrás.

Ana pierde las pestañas, otra vez.

Sí, pero qué culpa, se preguntó. Si uno, para empezar, no había perdido nada a propósito, ¿cómo sentirse culpable por un fenómeno inexplicable? Abrió y empuñó su mano una y otra vez, agarrando partículas eternas de aire con frustración rezumando desde sus poros.

Una vez Juanito -el de la (in)dignidad- le había explicado el fenómeno del enmascaramiento sacádico.

“¿Sádico? Querido, vos tenes un problema” le había dicho imitando pobremente un acento que no era el suyo.

Pero Juan -ya no juanito, porque la confianza en ese instante pareció resquebrajar un pedacito de átomo- continuó explicándole que de sádico no tenía nada, si acaso misericordioso un poco con uno porque si dicho fenómeno no existiera, ve tú a saber todas las cosas que no veríamos.

“O que veríamos y no entenderíamos” dijo, reflexionando en voz alta, como si hubiera vuelto de un largo viaje introspectivo.

“Mira el reloj” suspiró Juan, cansado de todo.

Ella le obedeció y miró al segundero del reloj análogo que por alguna razón había llegado a su mano derecha. El segundo que llegó después de que sus ojos se encontraron con los números negros le pareció que objetivamente se demoraba una eternidad.

“Fue un martirio, Juan” sollozó, y quiso abrazarlo sin muchas explicaciones.

Miró de nuevo a Juan que ya no estaba, por supuesto. Las cosas perdidas tienden a no volver cuando uno espera que aparezcan, razonó ella, un poco triste, recordando que su mano en estos momentos acusaba otra pérdida. Algo más reciente que ese recuerdo y tan antiguo como el tiempo que no podía medir.

Miró hacia su mano vacía y pensó en lo fácil que uno pierde las cosas.

“Uno no puede vivir así” le había gritado a Mario, quien buscaba desesperadamente los lentes bajo la mesita de noche.

C’est la vie” canturreó Ana, feliz de tener otra vez pestañas.

“Uno es o muy crédulo o muy estúpido” rabió.

“¿De qué, mon chéri?” preguntó Ana, pestañeando muchas veces.

“Para dejar que todo este enmascaramiento sádico te gane. Te lo juro por dios, me carcome los huesos y un poco el alma.”

“Petite, ahora estás exagerando. Hey…”

“¡Mis lentes!” gritó Mario desde el otro extremo de la pieza.

La cara extasiada de Mario se rompió en mil pedazos y el cuadro de una noche de invierno se formó poco a poco  frente a ella, ocupando el vacío que ya no se adivinaba y lo aceptaba, y estaba bien así (excepto por Ana, pero Ana nunca estuvo muy presente en primer lugar).

Sádico o sacádico. Lo mismo daba. Lo mismo carcomía. No había sentido en buscarle explicación, se dijo, guardando su mano vacía en el bolsillo.

Ve tú a saber si mientras se adentraba en la noche ridículamente fría, tropezaba así, de pronto, con todo lo perdido (con lo que se sabía y no) y toda la angustia ya no importaría; y Juan, y Mario y la pobre Ana sin pestañas…

O cabía, como las infinitas opciones del camino, que en ese preciso momento sus ojos en una falsa sensación de estasis, estuvieran omitiendo información, retrasando los momentos importantes y cruciales, en un movimiento casi imperceptible, de un punto a otro, cada vez más lento, un paisaje, Mario, paisaje, Ana, neblina, más lento, Juan, noche, tropezandoconlascosasperdidas y entonces noche, otra vez, pero ya no Mario, ni Ana, ni Juan, ni absurdas pérdidas y uno era tan estúpido porque dejaba que todo se fuera sin intentar que no.

Miró por última vez hacia su mano vacía y pensó en lo fácil que uno perdía las cosas importantes. Porque, de seguro, algo importante tuvo que haber sido como para querer, casi con desesperación, alcanzar lo que sea que había estado una vez allí (peras, café, una mano, un sol, tierra), ¿verdad?

Continuó su camino, absorta en tal cronostasis, que sus pies no se dieron por enterado de las memoriasycosas que pisoteaba y rompía y deshacían en cada zancada.

C’est la vie” canturreó Ana, en alguna parte del mundo.

24-Oct-2013

Crita

Delirio

Coquimbo, Chile.  By Crita

Coquimbo, Chile.
By Crita

No se planteó la imposibilidad de estar donde realmente no había ningún piso auxiliar al mundo del cual nunca verificó ni llamó por su nombre. Aunque cuando pensó que podría pronunciarlo -una gotita, un pedazo de luna-, tuvo la absoluta convicción de que la realidad estaba en otra parte.

Grito suavemente.

Mordió el polvo.

Voló entremedio de polillas hacia lo que parecía un poco de luz cuando de golpe se encontró en un litera boca abajo sintiendo el calor de la saliva contra la almohada. Quizás debería salvarlos a todos de ese agujero abisal cuando su cuerpo putrefacto lograra pegar sus pedazos y cabalgar como en tiempos de antaño con un quijote sobre un caballo de plástico para poder exterminar esos molinos infinitos de sal.

Pero los esfuerzos eran impermeables a la lógica reinante.

No se pudo mover.

Gritó suavemente.

Mordió el polvo.

Y cuando por fin se sintió dios, pensó un poco triste que, en realidad, él nunca había estado hecho para cosas eternas.

Ye might still hear us while we crawl.

25 Sep 2013

C.

Transversalidad

Montmatre

 

Let’s make our grand escape before we come undone.  California – Aqualung

 

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Si por ejemplo, te dijera que vinieras de manera inexplicablemente triste esta noche de sol radiante, tú tendrías que desdoblar el mensaje, repetirlo ochenta y nueve veces mirando hacia un horizonte vertical, sintiendo que las palabras se forman en el paladar, poco a poco, hasta que comprendes, esa luz casi al final del camino y de pronto.

 

―Hey, estoy viendo cosas desde hace tiempo. No te lo vas a creer. Es Rodrigo cayéndose hacia el cielo en un intento fallido por volar. Casi cuando llega (y cual Ícaro, dirías tú) al sol se metamorfosea en una cosa absolutamente anti kafkiana y es un poco difícil para mí explicarte qué sucede después.

 

>>No sé si estoy arriba o abajo pero da igual, porque nadie sabe realmente donde está y eso de alguna forma está bien, que no estemos en la misma línea ni el mismo contexto. Pero Rodrigo se pierde, se ríe como si estuviera muy loco o muy cuerdo al reaccionar ante algún chiste que desde alguna parte no puedo escuchar y es tan irritante que se pierda así, como si todo estuviera bien, esa masa que allí muta y yo retorciéndome los dedos por alcanzarlo aunque sea en trecientos años luz.

 

Si por ejemplo, te dijera que no puedes venir de manera inexplicablemente triste ahora, probablemente te frustrarías y comenzarías a golpear pared de barro tras pared, millones de paredes, infinitas manchas de dominó cayendo a través del continente se verían desde algún satélite, hasta que me encontraras aunque ya no sería yo, y tú lo sabrías y todo se volvería triste una vez más, esa alegría ilusa de creer que se existe por una milésima de segundo sería tan devastadora y entonces coincidiríamos en que es mejor que te quedes allí y que no pase nada y que no te llame/é en realidad.

 

―Es imposible que eso esté bien, ¿verdad? Que él desaparezca. Que estemos tú y yo aquí pero en otro vértice, donde las palabras no significan mucho si no tenemos a quien realmente decirle que…

 

Rodrigo miró  un poco devastado la cara más bien grotesca del sol lo cual causó un ataque inesperado risa. Se imaginó por algún momento que estaba en el paraíso, que lo había logrado y casi deseó mirar hacia atrás ― cual esposa de Lot―, para recordar lo burdo que resultaba ser eso que llamaba mundo, pero luego estatuas sal y quizás sería mejor era esa sensación de fracaso inminente que comenzaba a retorcerle el estómago, como cuando sabes que el punto exacto en que comenzó a gatillarse el error en el juego que nunca pudiste ganar, es justamente ese y solo ese.  Querer cambiarlo, enmendarlo de alguna forma, pero el tiempo se vuelve un verdadero hijo de puta porque no puedes hacer nada: se torna inexorable y la vuelta atrás no es opción; Rodrigo inevitablemente caería en las fauces del sol y a diferencia de Ícaro ni siquiera podría caer de manera inversa, lo cual iba a ser un problema si su familia pensaba en darle entierro, aunque honestamente ya no quedaba nadie a quien le importara, ¿verdad? Por un segundo pensó que sí. Al otro, Rodrigo ya.

 

―Pero ni idea quien es Rodrigo ―murmuró Andrea a la nada transmutada en ciento de estrellas rojas que se acurrucaban a sus pies.

 

Miró desde su perspectiva distorsionada hacia el muro enorme que se alzaba frente a ella, pensó que fácil serían cien mil metros, sin exagerar. El constante retumbar del piso se le antojaba a bombas rompiendo lo poco que quedaba de suelo y que rápidamente venían hacia ella. Tal vez eso estaba bien. Allí no quedaba nadie de todas formas. Si el muro caía las posibilidades de existir podrían aumentar aún más o reducirse a básicamente nada.

 

Se sentó, por hacer algo,  esperó hasta que el último muro antes del suyo se derrumbara. Sintió la tensión tomándola del cuello, sacudiéndola de un lado a otro, casi dejándola en un sueño que no podía serlo porque cuando pensó que los cien mil metros de muro caerían sobre ella, vio no sin sorpresa que ésta de manera espontánea comenzaba a desfragmentarse en millones de granos de sal, expandiéndose en torbellinos, viajando hacia galaxias de las cuales jamás supo su existencia porque cuando el muro se hubo esfumado por completo lo único que quedó frente a ella fue Rodrigo, en un intento fallido de poder explicar lo inexplicable.

 

[C. 27/6/2013]