Para Coty

Cotita

Oye Coty,

si uno lo piensa en retrospectiva, 14 años viéndonos casi a diario no es para nada despreciable. Piensa que nos conocimos cuando yo apenas tenía noción de saber quién era y qué quería en esta vida (comer chocolates, probablemente) y piensa en lo que soy ahora (lo mismo, pero con más kilos).

Y uno entonces se acuerda de cosas bobas, como cuando corríamos prácticamente en círculos bajo un parrón que no se explica muy bien en un patio tan pequeño como el nuestro; o cuando de manera poco ortodoxa vomitaste en la parka de la Eunice (pero eras muy pequeñita y uno perdona esas cosas a los pequeñitos); cuando uno te llamaba y meneabas ese intento de colita de un lado a otro, demasiado feliz para uno creerlo y buscabas mi mano para que te hiciera cariño en tu cuellito o si no te enojabas y era terrible porque me dabas alergia y yo sufría un poco pero supongo que eso estaba bien.

Podría continuar todo el día (cuando te comías las bombitas de agua, los billetes, rompías calcetines, salías a correr de manera sigilosa cuando papá sacaba la basura para dar un par de vueltas locas alrededor de la plaza, mamá furiosa porque no entendías nada nunca y eras totalmente ajena a ese hecho y así) porque parece que eso hace uno cuando las cosas importantes se van.

Con esto quiero decir que una partecita se acaba de ir un poco carajo dentro de mí. Porque si bien dolió un poco cuando te vi y no me reconociste para nada, imagínate ahora que ni siquiera vas a estar para no reconocerme (un mar de mocos y pucheros). Uno como que no prevé esas cosas aunque sea ridículamente obvia la prontitud con la que van a ocurrir porque hay algo que se llama tiempo y es como un bicho que anda y anda, escribió Julio.

Un puchero y la última imagen de nosotras: después de poder bañarte al fin y hacerte un trabajo más o menos decente de peluquería, tú y yo bajo la misma parra en un patio inexplicablemente pequeño, esta vez ni siquiera intentamos correr. Tú recostando tu carita sobre mi pierna, casi como reconociéndome al fin y yo haciéndote mil cariños un poco en compensación porque yo casi tampoco estoy en estos días y porque se sentía algo así como un final anunciado pero de manera no tan dramática a cómo está sonando ahora.

Fue Drexler que al cantar bajo una parra dijo que uno solo conserva lo que no amarra. Así que abusando de la coincidencia, botando cualquier amarra hacia el fondo del mar, yo de una manera más bien abstracta te sigo conservando aquí, donde el tiempo siempre está estancado y esto de partir o no es algo que carece de la más mínima importancia.

Déjame creer de una manera romántica, que el hecho de que nuestros caminos se hayan encontrado no fue para nada en vano ni tan al azar; que fuiste feliz, libre dentro de tus posibilidades y aunque nunca entendieras mucho nada, yo creo que sí comprendías que a pesar de todas las rabias y desastres que hacías, por las cuales más de alguna vez nos miraste con cara de asombro, el afecto y cariño exclusivo para ti estaba ahí; nunca va a ser reemplazado ni se va a acabar.

Oye, Coty. Te quiero. Bobita, cosita, bolita, Cotita. Es como un adiós tramposo porque tú y yo sabemos que siempre vas a estar aquí. Incluso cuando ya no quede tiempo.

Cotita 2

Para Coty (1999 – 2013)

Crita, 05 – Dic – 2013

Advertisements

Chronostasis

Chronostasis by Crita

I was sort of hoping that you’d stay

AM – Do I wanna Know?

Miró hacia su mano vacía y pensó en lo fácil que uno perdía las cosas.

Mario pierde los lentes.

Ana las pestañas.

Juanito la falsa dignidad.

Si alguien le hubiera preguntado por qué su cara de espanto y asombro, hubiera respondido que obviamente, dadas las circunstancias de olvido y rabia y un poco de pena, imposible no sentirse un poco abrumado por nada y por todo a la vez.

Merde, alors.

Mario pierde los lentes, otra vez.

Si seguía así, pensó, no quedaría nada y entonces la culpa entraría en juego y todos sabemos que cuando eso pasa ya no hay vuelta atrás.

Ana pierde las pestañas, otra vez.

Sí, pero qué culpa, se preguntó. Si uno, para empezar, no había perdido nada a propósito, ¿cómo sentirse culpable por un fenómeno inexplicable? Abrió y empuñó su mano una y otra vez, agarrando partículas eternas de aire con frustración rezumando desde sus poros.

Una vez Juanito -el de la (in)dignidad- le había explicado el fenómeno del enmascaramiento sacádico.

“¿Sádico? Querido, vos tenes un problema” le había dicho imitando pobremente un acento que no era el suyo.

Pero Juan -ya no juanito, porque la confianza en ese instante pareció resquebrajar un pedacito de átomo- continuó explicándole que de sádico no tenía nada, si acaso misericordioso un poco con uno porque si dicho fenómeno no existiera, ve tú a saber todas las cosas que no veríamos.

“O que veríamos y no entenderíamos” dijo, reflexionando en voz alta, como si hubiera vuelto de un largo viaje introspectivo.

“Mira el reloj” suspiró Juan, cansado de todo.

Ella le obedeció y miró al segundero del reloj análogo que por alguna razón había llegado a su mano derecha. El segundo que llegó después de que sus ojos se encontraron con los números negros le pareció que objetivamente se demoraba una eternidad.

“Fue un martirio, Juan” sollozó, y quiso abrazarlo sin muchas explicaciones.

Miró de nuevo a Juan que ya no estaba, por supuesto. Las cosas perdidas tienden a no volver cuando uno espera que aparezcan, razonó ella, un poco triste, recordando que su mano en estos momentos acusaba otra pérdida. Algo más reciente que ese recuerdo y tan antiguo como el tiempo que no podía medir.

Miró hacia su mano vacía y pensó en lo fácil que uno pierde las cosas.

“Uno no puede vivir así” le había gritado a Mario, quien buscaba desesperadamente los lentes bajo la mesita de noche.

C’est la vie” canturreó Ana, feliz de tener otra vez pestañas.

“Uno es o muy crédulo o muy estúpido” rabió.

“¿De qué, mon chéri?” preguntó Ana, pestañeando muchas veces.

“Para dejar que todo este enmascaramiento sádico te gane. Te lo juro por dios, me carcome los huesos y un poco el alma.”

“Petite, ahora estás exagerando. Hey…”

“¡Mis lentes!” gritó Mario desde el otro extremo de la pieza.

La cara extasiada de Mario se rompió en mil pedazos y el cuadro de una noche de invierno se formó poco a poco  frente a ella, ocupando el vacío que ya no se adivinaba y lo aceptaba, y estaba bien así (excepto por Ana, pero Ana nunca estuvo muy presente en primer lugar).

Sádico o sacádico. Lo mismo daba. Lo mismo carcomía. No había sentido en buscarle explicación, se dijo, guardando su mano vacía en el bolsillo.

Ve tú a saber si mientras se adentraba en la noche ridículamente fría, tropezaba así, de pronto, con todo lo perdido (con lo que se sabía y no) y toda la angustia ya no importaría; y Juan, y Mario y la pobre Ana sin pestañas…

O cabía, como las infinitas opciones del camino, que en ese preciso momento sus ojos en una falsa sensación de estasis, estuvieran omitiendo información, retrasando los momentos importantes y cruciales, en un movimiento casi imperceptible, de un punto a otro, cada vez más lento, un paisaje, Mario, paisaje, Ana, neblina, más lento, Juan, noche, tropezandoconlascosasperdidas y entonces noche, otra vez, pero ya no Mario, ni Ana, ni Juan, ni absurdas pérdidas y uno era tan estúpido porque dejaba que todo se fuera sin intentar que no.

Miró por última vez hacia su mano vacía y pensó en lo fácil que uno perdía las cosas importantes. Porque, de seguro, algo importante tuvo que haber sido como para querer, casi con desesperación, alcanzar lo que sea que había estado una vez allí (peras, café, una mano, un sol, tierra), ¿verdad?

Continuó su camino, absorta en tal cronostasis, que sus pies no se dieron por enterado de las memoriasycosas que pisoteaba y rompía y deshacían en cada zancada.

C’est la vie” canturreó Ana, en alguna parte del mundo.

24-Oct-2013

Crita

See you not

“Have ye your heart yet hardened? Having eyes, see ye not?  and having ears, hear ye not? Do ye not remember?”

[They didn’t, they were blind and lost.
And so they answered.

‘There is
nowhere else
to go’
They said
(they always said that kind of things).

‘Shall ye grab our souls and hands despite all of
us?’

They wondered in silence
And it was dark,
and it was cold
and they cried a little
inside].

C – Oct 16 / ’12

Viaje inter-bus sin pretensiones

Mi encía podría haberse ido a huelga y yo la hubiera entendido. La muela del juicio que dejó su tarea pendiente (de crecer) y se tomó un año sabático, apareció de súbito esa noche y de manera particularmente dolorosa (bitch).

Eso pensaba mientras subía al bus y buscaba mi asiento. Pero apenas me senté y puse a buscar el boleto, me di cuenta de dos cosas: había comprado el boleto para el primer asiento de un segundo piso, frente a la ventana (donde básicamente pensé: “okay, supongo que no será una muerte dolorosa”) y segundo: no encontraba el boleto. Crap. Bolsillo 1 y 2, 3,4,5. No. Nada. Mierda. Bajé, hablé rápidamente con el jefe de turno que me dió un poco confiable papel que algo como “vale por un pasaje si paga dos mil pesos extras!”. Si lo pienso, lo único que le otorgaba seriedad a ese papel era el timbre que decía “jefe de turno”. Interesante. Si alguna vez pierdes un boleto entonces puedes. Fin.Probablemente eso no pase.

Subí nuevamente al bus. Me dolía la muela aún y en medio del pasillo choqué con un caballero obeso que tuvo serios problemas para sentarse justo en uno de los asientos traseros al mío. Sentí un poco de pena por él y por su acompañante (que podría haber sido yo).

Me gusta comprar pasillo cuando viajo sola porque siento un poco más de libertad y así  no necesito pedirle permiso a nadie si necesito explorar el interesante pasillo. O ir al baño. Como sea. El boleto en fuga apareció sentado en su puesto, nos saludamos, nos abrazamos y lo mandé al carajo por hacer que gastara energía inútilmente. Esa mini-historia tuvo un final feliz (no pagué esas  2 lucas extras), pero el clímax pudo ser un poco ridículo quizás (lo fue).

En cualquier caso, llegó un momento en que mi compañero de pasillo (a la derecha) estaba particularmente inquieto, moviendo la cabeza como obseso por lo que -asumo- era una canción digna de sacudir cabezas; a su vez, el compañero (hacia ventana) intentaba acomodar sus piernas de 3 metros en alguna parte; mi compañero de viaje, por otra parte, se sonaba la nariz de manera poco elegante y yo no encontraba el cinturón de seguridad, por lo que llegado un punto estaba francamente contorsionada, con todo lo tiesa que soy. Todo eso a la vez. Yo pienso que la escena reflejada en la ventana del frente pudo resultarle graciosa a alguien, pero supongo que éramos seres humanos poco importantes para el resto del bus.

Pasaron un par de horas en las que yo sabía que era mejor no intentar dormir, porque no iba a poder. Así que perdí la vista mirando por la ventana, pensando cosas absolutamente innecesarias mientras las luces aparecían chocando contra mi cara y la carretera se hacía un poquito más eterna. Pensé que ese era un buen momento para que se cruzara un camión y observar cómo sería el proceso de-quizás-morir. La posición en la que quedaría. ¿Se me romperían las piernas primero? ¿O miles de pedacitos de vidrio quedarían incrustados por toda mi cara? ¿Lograría sobrevivir, entonces? Tal vez debería doblar las piernas, por si acaso. Quizás así no se romperían. Quizás así…

No quiero morir, pensé, y creo que sonreí un poco. Aún tengo que hacer muchas cosas que probablemente nunca haré. Como hablarle a M, por ejemplo.

Deprimente.

Sé que dormí por algún tiempo porque sentí el sabor amargo en la boca que te avisa que has despertado. Intenté, con todas mis fuerzas, volver a dormir, pero hubo un par de cosas que lo impidieron: la muela pródiga hacía estragos con mi encía (la estaba torturando, you bitch!), el aliento fétido de mi compañero llegaba peligrosamente cerca de mi nariz, y de la nada, siento un sonido grave y en crescendo, atrás de mi asiento: el caballero obeso se había dormido lo que equivalía a ronquidos gratis para la vida en general. Hay música en todas partes, me dije, y adoro la música, eso podría llegar a ser una obra musical impresionante, me dije, pero supongo que esa pieza en particular, no le sienta la tos de algún enfermo que se añadía a los ronquidos de manera ocasional. No estamos para música alternativa aquí.

3 AM y toda la primera fila de compañeros estábamos increíblemente despiertos. Yo pensé que podríamos haber hecho algún acto de confraternización, preguntarnos los nombres, pelar al caballero de atrás o a sus ronquidos, pero quizás no habría tenido mucha aceptación. No sé. Nunca me ha gustado hablarle a la gente tampoco, ahora que lo pienso. Salvo al círculo cercano y esas normas sociales y cortesía que a veces tengo que… da igual. A veces las olvido. Ya no importa. Creo que a pesar de todo, fue un buen momento, tal vez un poco largo (duró casi dos horas, o años en algún mundo paralelo y una yo cabreada hasta el alma).

Pero no estaba enojada al despertar. Un poco desesperada sí, cuando me di cuenta que no podía moverme. Sentía cómo el caballero obeso se había bajado y poco a poco habían empezado a desocupar el bus. Sólo quedábamos mi compañero random de asiento y yo. Estábamos apunto de llegar al terminal cuando un hombre pequeño y moreno se paró al lado mío. Sus ojos eran un poco rasgados y llevaba un gorro. Sonrío como un enfermo y empezó a recitar palabras inintelegibles cerca de mi oído. Yo pensé “no puede hacerme nada, mi compañero del lado me va a salvar o M puede venir”. No pasó ninguna de las dos cosas.

El hombre se transformó en un humo negro que hiperextendió mi cuello y empezó a entrar por mis ojos y boca. Alguien. Ayuda. Pero nadie venía mientras yo sentía cómo el hombre entraba por mi garganta y se extendía dentro de mi estómago.

En el techo, un remolino negro girando de manera violenta .Tenía que morir, pensé desesperada, porque yo no quería morir ahí. De algún modo. Algo. Entonces, desde mis brazos inmóviles se desdoblaron otros brazos, mis brazos un poco más translúcidos que se acercaron a mi caja torácica y la traspasaron en busca del corazón de esa sobra negra, porque entendí que si apretaba su corazón, él iba a morir.

Mis manos se toparon con su corazón muy cerca del mío. Empecé a apretar, con fuerza, y estaba apunto destruirlo, ahora, ya, muer…

Pero la cajita con el mini desayuno que dejó el auxiliar en mis piernas hizo que me despertara con una paz admirable. El caballero obeso seguía siendo obeso y roncando. Mi compañero del lado seguía teniendo un aliento terrible y mi encía estaba oficialmente masacrada.

Llegamos y hacía frío. No hubo despedida entre compañeros, palabra que detesto por su sobrevaloración y casi moda. Puaj. Pero habría sido un gran gesto.

Tenía que esperar 40 minutos para que abrieran el metro. No había asiento. Dios. Un chocolate con crema, por favor,  con mi cara horrible frente al espejo y esa corroboración de que nunca he podido dormir bien en los buses. De fondo se escuchaba “The death of you and me.

Me pareció un momento memorable.

Crita, 1/Julio/2012

Descripción insustancial sobre la Inmovilidad

En algún punto comenzamos a sentir que estábamos como atascados. Sabíamos cuán contradictorio era estar realizando esa acción que finalmente nos llevaba a una inacción tan asfixiante como la vida misma (sólo para darle un poco de dramatismo al estancamiento en sí, que básicamente se definía como todo o nada).

(O casi).

No sé en qué día nos dimos cuenta, la cuantificación de los datos era implausible y hasta estúpido. Sólo supimos que era tan tarde para todo: estábamos viejos, cansados y enfermos; no teníamos la fuerza  para cambiar y el tiempo que había parecido estar en pausa misteriosamente había avanzado rápido y sin avisarnos mientras nos estábamos mirando como idiotas sin pestañear por lo que ­al parecer fue una eternidad.

Yo sé que la eternidad era imposible y que el tiempo es un concepto limitado. También sé en qué consiste la inutilidad de analizar aquel enorme vacío que nos separa/ba desde nuestro principio.

“Me gustaría saber qué es la felicidad” dijo ella de manera más bien patética.

“Es un concepto tan limitado, como el tiempo” respondió él con un tono tanto o más patético.

“Yo sé que es una pregunta enferma de convencionalismos, pero yo sé que debe existir, que debe estar entremedio del fin de aquella acción afortunada entre millones hasta el momento exacto donde la realidad te da una patada en el culo y te hace tropezar y caer sobre el lodo.”

“No tengo verdaderas respuestas.”

“Hay tan pocas respuestas.”

Y seguíamos preguntándonos si el mundo algún iba a caer a través de ese espacio sideral hasta chocar con el sol. O si algún día alguien iba a caer del suelo, nos iba a mirar a los ojos y decirnos que ya no teníamos que seguir esperando, que todo iba a estar bien, que ya nada importaba.

Pero seguimos esperando por años aquello que nunca supimos definir. Y tal vez eso se llamó felicidad o simple cotidianidad con la cual el resto del mundo parecía convivir de manera armoniosa e increíblemente menos fatalista que nosotros.

“¿Qué es esto, exactamente?”

“La vida.” Respondió él mientras encendía un cigarrillo para otorgarle solemnidad al momento.

“No puede ser así. Esto. Es un desorden inmensurable, ¿ves? Es como si intentara ordenar alfabéticamente todos los pelos de tu barriga.”

“No tengo pelos en mi barriga.”

“No entiendo qué estamos haciendo aquí” sentenció ella mirando ensimismada el humo del cigarrillo. Intentó descifrar sus formas, tal vez ahí estaba una señal.

Porque en el fondo, sabíamos que nadie ni nada iba a venir a darnos una señal. Y fue exactamente al tiempo que nos dimos cuenta que seguíamos atascados en ese algo sin forma, que por fin lo exteriorizamos.

“Quiero morir” dijo ella apenas despertó aquella vez.

“Nadie lo notará” acotó él, quitándole una lagaña del ojo.

“¿Me extrañarás?”

“No voy a tener tiempo.”

Me gustaría haber sabido un montón de cosas. Como por ejemplo la medida exacta de lágrimas que uno tiene que eliminar para sentirse completamente estúpido por haber empezado en primer lugar; saber la cantidad de acciones inútiles que teníamos que realizar para darnos cuenta de su inutilidad intrínseca y buscar por otra cosa, algo más profundo y empírico que esa sensación de malestar generalizado o colon irritable que hasta la fecha nunca supimos curar.

Si miro en retrospectiva hacia ese enorme vacío que nos separa del principio, siento como si toda la vida (que nunca pudimos entender, que en algún momento estuvo en esa nada) nos hubiésemos estando diciendo adiós. No de manera casual. Era cada día y segundo en el que notábamos que el mundo siempre parecía diferente pero nosotros los mismos; que todo se parecía mover menos nosotros; eran nuestras miradas cargadas de pesimismo que negaban con la cabeza como si ellas supieran que era solo cuestión de tiempo (inconmensurable y limitado) hasta el final de verdad.

“Es como si todos se estuvieran yendo a otro planeta” dijo ella que kilos finitos y eternos de pena y otras cosas.

Él había tomado su mano bajo las sábanas y había sonreído.

“Pero sólo están lejos, muy lejos”

“Lejos de todo” susurró ella apretando muy fuerte su mano porque sabía que ese era final. Que estaba pasando y que ellos simplemente iban a seguir allí, sin haber hecho nada, sin haber dejado un rastro o algo memorable. Sin haber entendido cosas complejas y desconocidas como la felicidad o el amor.

Y fue cuando despertaron esa mañana que los dos supieron qué pasaría exactamente durante los siguientes 30 años. Continuaron observándose por horas, un poco sorprendidos y tristes y algo más, no porque habría cierto momento donde la vejez y el desgaste esperable  los sorprendiera con toneladas de pena y arrepentimiento, sino porque ellos no harían nada por impedirlo.

Crita

Abril 4, 2012